Ética y Grupos de poder PDF Imprimir E-Mail

Conferencia de David Martínez en el 2º Congreso Internacional sobre Grupos de Poder en la UNAM

El individualismo y el egoísmo reinan en nuestra sociedad, donde triunfa la inmoralidad, el negociado y el delito y en la que resulta notorio el debilitamiento de los valores fundamentales como la honestidad, la equidad y la justicia. La corrupción y el fraude están instalados en el ser humano y muchos de quienes se lamentan de ello, son frecuentemente actores de la delincuencia de “guante blanco” o los que cometen actos delictivos sin reconocerlo, como el fraude fiscal, la desobediencia a las normas de tránsito… Haber perdido la dimensión de la ética nos ha condenado a convivir con la angustia y con la urgencia.

 

Por su parte, quienes se sienten marginados o excluidos y quienes ven que pueden enriquecerse rápidamente y sin sacrificios, amenazan las estructuras jerárquicas, conformando grupos organizados de piquetes y delincuentes con los que los gobiernos y los grandes hombres de negocios promueven alianzas, en un intento de garantizar la paz social.

 

Y sin embargo, jamás la invocación a la ética ha sido tan viva como ahora en que ella ha desertado de nuestras vidas; de allí la paradoja de su presencia – al mirar el estado actual de la sociedad - en un movimiento que tiende a ser profundo y duradero en la búsqueda de una nueva jerarquía de valores; tal vez se le esté dando con ello la razón a la historia, cuando cuenta que los renacimientos surgen siempre de los momentos más desesperados.

 

Quizás a partir de la ética se logre, de alguna manera, anticipar los sucesos futuros; si en lugar de una actitud tradicionalmente proferente, se asume una actitud prospectiva – una estrategia netamente combativa y no meramente pasiva de adecuación y resignación – se le negará determinismo a este escenario hipotético de sociedad decadente y se promoverá su modificación.

 

Y cuando hablamos de ética nos estamos refiriendo a una ética universal e intemporal; a una ética que trasciende el espacio, que no tiene fronteras, diferencias culturales ni raciales; a una ética ontóloga que es un tesoro común a toda la humanidad, que no envejece ni conoce de modas; a una ética que no descarta la existencia de éticas particulares, dispersas y sectoriales que, por cierto, para nada la contradicen.

 

En este contexto, entendemos que la empresa es un factor fundamental de la convivencia social, no solamente desde su rol de animadora de la economía, de proveedora de recursos materiales destinados a satisfacer las necesidades de los hombres, sino también desde el de promotora de su autorrealización. Sus decisiones condicionan el presente y el porvenir de la sociedad política, por lo que resulte indispensable que las mismas se adopten en el marco de la ética y de la honestidad de las costumbres.

 

La empresa es una unidad económica, en la cual están agrupados y coordinados - alrededor de un proyecto a realizar en conjunto - los factores materiales y humanos de la actividad económica; en un espacio de libertad, de creatividad, de realización y de fraternidad, la empresa constituye el punto de encuentro de quienes aportan el capital, la materia gris y la capacidad de trabajo hacia una causa final: el cliente.

 

Como grupo social y como organismo vivo, desde la definición de la visión y la misión, de la estrategia competitiva, del plan de acción y de los mecanismos de control de gestión, la empresa está permanentemente comprometida con la calidad en la satisfacción de las necesidades por la que los clientes pagan y cumple un rol esencial en la definición y creación del sentido de pertenencia social de los individuos que la integran, cuya actitud global imprime su sello en su cultura.

 

La atracción por incorporarse a una corporación resulta de múltiples necesidades humanas tales como, aminorar el miedo a la muerte, canalizar la angustia que produce la soledad, obtener protección frente a las fuerzas naturales y sobrenaturales, frente a los enemigos o el caos y garantizar un cierto grado de seguridad para la sobrevivencia espiritual y material. A diferencia de los desterrados, los desarraigados o los vagabundos, los miembros de una corporación están siempre acompañados; ellos se constituyen en una gran familia con lazos de parentesco reales, en una hermandad o sustituto de familia, que les permite actuar como una fuerza unida para mantener la propiedad de su unidad político - territorial, para configurar una identidad propia que conserve las tradiciones culturales y para ayudarse mutuamente y defenderse de las amenazas externas.

 

El de pertenecer a un determinado grupo social del que puedan sentirse parte - a partir de sus escalas de valores observables en decisiones y hechos y de sus pautas de comportamiento - es uno de los instintos más fuertes del ser humano. De allí la importancia del estilo de dirección y la habilidad y aptitud de ésta, para comprometerse e involucrar a los gerentes, jefes, supervisores y personal en general, para que consideren los proyectos como propios, creando el sentido de pertenencia social y haciendo sentir que la calidad, la eficiencia y la producción son objetivos propios.

 

Todo ello tiene directa relación con la responsabilidad social que debe asumir la empresa que, conforme el nuevo concepto que de aquélla aporta Peter Drucker, le exige a ésta convertirse en “guardián de la conciencia de la sociedad y en factor esencial de solución de sus problemas”. Lo que no “se explica por un sentimiento de hostilidad a la empresa. Por lo contrario, el éxito del sistema empresario es el factor que conduce a expectativas nuevas... La exigencia de la responsabilidad es en medida considerable el precio del éxito”.

 

La falta de credibilidad de los gobiernos respecto de su capacidad de resolver los problemas sociales, ha incentivado esta exigencia, al buscar la gente un cambio de liderazgo hacia las empresas y si bien, como afirma Drucker “corremos el riesgo de que la responsabilidad social socave el desempeño económico y de rebote perjudique a toda la sociedad” , ello no implica que la empresa deba esquivar esa responsabilidad, sino que debe administrarla en el marco de la ética, creando – en la misma medida en que crea valor para los accionistas – valor para el mercado, para la supervivencia, para el fisco y fundamentalmente, valor ético traducido en principios de vida y cohesión social, principios que conformen la raíz constitutiva de su cultura organizacional y de su fuerza competitiva.

 

Cabría preguntarse entonces que está pasando en las empresas hoy; cuál es el factor determinante de la pobreza de muchos que perdura en medio de la riqueza de pocos. ¿Será quizá que las empresas están priorizando la creación de valor para los accionistas?

 

Las empresas debieran considerar al menos que, al margen de la responsabilidad social que les compete, no son sus accionistas los únicos que realizan inversiones y soportan riesgos; los clientes, los proveedores, los empleados, la comunidad local - por nombrar los factores más significativos que aportan a las actividades colectivas en el marco de la empresa - también realizan inversiones específicas, estableciendo interrelaciones y soportando los riesgos de su mutua dependencia.

 

Desconocerlo sería desconocer valores éticos fundamentales como la justicia y la solidaridad. Al respecto expresa Peter Drucker “... el problema es convertir una organización basada en el poder, en una basada en la responsabilidad. No debe concederse a ninguna organización otro poder que el necesario para su función social, y cualquier otra cosa que vaya más allá de ésto, es una usurpación”.

 

Se trata de incorporar valores sociales a los procesos de organización; lo cual no implica un reemplazo de la idea de eficacia, sino de agregar el juicio de valor moral a los procesos decisorios. Los valores se convierten así en un límite para las decisiones, evitando que los mitos de la eficacia y de la racionalidad provoquen injusticias entre los integrantes de la empresa y/o daño a terceros.

“Hay que superar el muro que mantiene fuertemente separados dos mundos y cuya polarización es un grave peligro: el mundo de la producción y de la asistencia, el del Estado y el mercado, el del interés económico y la justicia social, las leyes de hierro de la economía y sus costos sociales”.

 

Sobre todo si se toma conciencia que el desempeño ético de la empresa es, tanto al corto como al mediano y largo plazo, la estrategia más rentable: se gana en credibilidad, en confianza, en respeto, en autoridad y en competitividad cooperativa.

 

Conviene asimismo destacar que la rentabilidad en sí misma no es ajena a la ética, por el contrario es esencial para afrontar las responsabilidades descritas y para poder mantenerse en el negocio. Es una forma de medir la eficiencia y el valor que el público asigna a los productos y servicios. La utilidad es necesaria para poder realizar inversiones en investigación, entrenamiento de personal, tecnología y equipos, y en el desarrollo de productos y servicios que permitan satisfacer las necesidades del consumidor. Sin rentabilidad adecuada y una firme base económico-financiera no se puede cumplir con las responsabilidades antedichas.

 

LOS SUJETOS DE LA ÉTICA APLICADA A LOS NEGOCIOS

 

La empresa no vale sino para el hombre, ella no funciona sino gracias a y por los hombres, los que aportan el capital, sus dirigentes y sus asalariados, por ello cabe afirmar que no hay ética empresaria sino la que emana de las “personas éticas”. Por tanto sería más lógico referirse no a la “ética de las empresas” o “ética de los negocios”, sino a la “ética de los empresarios” o de los “hombres de negocios”.

 

Pero siempre existen intereses económicos poderosos que parecen olvidar totalmente la conciencia de sus actores, ignorando todo tipo de autorregulación. Son los frutos de la globalización que especulan en búsqueda del máximo provecho, sin preocuparse del mundo, ni del interés común, ni de las consecuencias de sus actos. Ellos son capaces de sacudir tanto la economía de un país como de un conjunto de países, como se ha dado en las reiteradas crisis de estos últimos años. El lema ético será por tanto “humanizar y civilizar la globalización”.

 

Los mejores códigos éticos son aquellos que se elaboran en concertación con el personal, en el seno de una comisión ética; ellos movilizan a todos los asalariados hacia el respeto de sus reglas y permiten, llegado el caso, caracterizar más fácilmente la falta de aquel que no ha respetado una prescripción, tanto en el seno de la empresa como en el exterior.

 

Un código de ética aplicada al comportamiento empresario seguramente preverá principios de conducta como los que siguen:

 
1. Frente al Estado:

- Colaborar con el cumplimiento de los fines del Estado a través de la estricta observancia de las obligaciones en materia laboral, tributaria, administrativa, comercial y contractual.

- En caso de contratación con las entidades estatales, respetar los principios de transparencia, responsabilidad y economía y cumplir con la plenitud de los requerimientos del estatuto contractual de la administración pública.

- Actuar con ética en los procesos de contratación directa, licitaciones y concursos y cumplir rigurosamente las obligaciones que de ellos deriven.

- Observar una actitud ética frente a los servidores públicos.

 

2. Frente a la comunidad y clientes en general:

- Colaborar en la construcción participativa de una cultura ética.

- Contribuir al desarrollo económico con justicia social.

- Garantizar a los consumidores información suficiente y adecuada que les permita hacer efectivos sus derechos, en especial el de libre elección.

- Cumplir con las condiciones de calidad e idoneidad de bienes y servicios.

- Desarrollar y proveer productos y servicios de alta calidad y de real valor en términos de precio, seguridad e impacto ambiental, apoyados en los conocimientos tecnológicos, comerciales y ambientales necesarios.

 

3. Frente a la comunidad empresarial:

- Obrar con lealtad, transparencia y buena fe en las relaciones comerciales con los competidores.

- Concertar mecanismos de vigilancia y seguimiento para garantizar la transparencia de los procesos de contratación pública y privada.

- Apoyar la formación de una comunidad empresarial con valores éticos, consciente de su responsabilidad en la búsqueda de la justicia social.

- Cumplir las disposiciones que regulan la propiedad intelectual y velar por su observancia.

- Cumplir las disposiciones relativas al régimen de propiedad industrial.

- Cumplir las disposiciones legales y reglamentarias sobre pesas, medidas y metrología.

- Cumplir las disposiciones sobre promoción de la competencia y prácticas comerciales restrictivas en los mercados nacionales.

 

3. Frente a los accionistas:

- Proteger la inversión de los accionistas y tratar de obtener una adecuada rentabilidad.

 

4. Frente a los empleados:

- Respetar la dignidad humana y los derechos inalienables de los subordinados y colaboradores.

- Remunerarlos con justicia y cumplir estrictamente con el reconocimiento y pago de sus prestaciones sociales, de salud, seguridad social y pensiones.

- Promover su desarrollo integral, capacitación y bienestar.

- Propiciar su promoción con base en méritos de trabajo.

- Garantizar la igualdad de oportunidades y fomentar la participación del empleado en el planeamiento y dirección de su trabajo.

- Crear condiciones dignas de trabajo.

- Brindar adecuadas condiciones de salubridad y seguridad.

- Divulgar los valores de una cultura ética al interior de la empresa.

- Requerir de los empleados honestidad, integridad y equidad y que eviten posibles conflictos de intereses entre sus actividades financieras particulares y sus responsabilidades para con los negocios de la empresa.

 

5. Frente a los acreedores y proveedores:

- Informar con veracidad sobre la situación económica y financiera de la empresa.

- Cumplir cabalmente con las obligaciones legales y contractuales.

- Abstenerme de la realización de actos ilegales o antiéticos en detrimento de terceros.

- Promover la creación de una cultura ética entre los acreedores y proveedores.

- Buscar relaciones beneficiosas para ambas partes con contratistas y proveedores.

 

6. Frente al medio ambiente

- Utilizar dentro de las posibilidades técnicas y de mercado, tecnologías limpias que garanticen la conservación del ecosistema, y por tanto, abstenerme de utilizar indebidamente productos, procesos y tecnologías que de manera comprobada lesionen el medio ambiente.

- Adoptar mecanismos empresariales para el Desarrollo Humano Sostenible.

- Procurar la obtención de certificados de calidad del medio ambiente.

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La auténtica ética es espontánea, es el fruto de una deliberación voluntaria y en libertad de conciencia. Sin embargo sería una utopía esperar que el mundo mantuviese un comportamiento ético perfecto.

 

Así se prescriben las normas jurídicas, que al mismo tiempo son preceptos éticos, animadas por la búsqueda del interés común y la protección de las personas. Ellas son parte de una ética colectiva que se traduce en el derecho de familia, el derecho penal, el derecho del trabajo, el derecho que protege a débiles e incapaces, a contratantes, asalariados, consumidores, accionistas.

 

El mínimo ético es el respeto del derecho. El derecho y la ética se respaldan mutuamente. Considerando que la ética no es directamente operacional, necesita de un portavoz, que es el derecho; sin él sería desencarnada y desarmada. Pero además, el derecho sin ética sería inhumano, sería como vivir bajo la ley de la jungla. Entre el derecho y la ética se produce un fenómeno de ósmosis, a tal punto que se hace difícil discernir cuál de ellos prima sobre el otro. La ética se incorpora al derecho; el derecho se envuelve de la ética. El derecho es coherente en la sombra de la ética. Ambos conforman una alianza que permite asegurar la paz.

 

 
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