Ante un cuadro de Goya

Prólogo de David Marklimo a La Razón Ardiente, de Ricardo Stern.

Quizá porque toda literatura es imagen, el libro que tiene usted en sus manos recuerda a un cuadro de Goya. Más exactamente a un grabado visto hace muchos años en una litografía. No se le puede contemplar in situ, porque pertenece a un coleccionista privado en Zaragoza. Se trata de un tema costumbrista, concretamente representa a un personaje rodeado por numerosas criaturas nocturnas. Siendo un grabado, los únicos colores son el blanco y el negro. Con ello en mente, lo primero que asombra al espectador es la luz. Goya siempre se sintió fascinado por los contrastes de la luz, por su ausencia, por aquello que no se puede más que entrever. Aquí no es menos: la luz recae directamente sobre el cuerpo del personaje y deja oscurecidas algunas lechuzas y el fondo, lo cual da sensación de profundidad. La composición gira entorno a un primer plano en el que se encuentra el artista dormido sobre un pedestal, donde figuran esparcidas hojas de papel de dibujo y lapiceros con carboncillos; y un segundo plano en el que quedan las criaturas nocturnas: un gato, murciélagos, búhos y lechuzas de agitado vuelo. Las alas abiertas de estas aves reflejan una sensación de movimiento. Es bastante realista y, podríamos decir, que también es bastante perturbador.

La interpretación que siempre se le dio a ese grabado tiene que ver con los problemas que le podía plantear al ser humano el olvido de la inteligencia. Libre del razonamiento, sujeto a las fuerzas del prejuicio y la ignorancia, la historia humana nos conduce al horror. La ciencia debería ser arma de liberación. Al menos, perdonarán la cacofonía, así lo entendían en la Ilustración.

Tuvo que llegar Himmler y tuvo que suceder Auschwitz para nos diéramos cuenta que la ciencia no trae consigo la liberación. Cualquiera que lo dude, también, puede echar un vistazo a lo que ocurrió en Japón después de Fat man y Little Boy. Ambos fenómenos son absolutamente razonables, absolutamente lógicos, absolutamente inteligentes -siguen precisos cálculos matemáticos y un razonamiento lógico irreprochable- pero el resultado es absolutamente monstruoso. Somos una especie curiosa: mucho de lo que inventamos es para destruir. Los campos y el hongo atómico como síntoma de esta sociedad del Panóptico.

 

 

Si se preguntan cuál es el grabado de Goya al que nos referimos, quizá ya lo adivinaron. Lleva por título El sueño de la razón produce monstruos. Ustedes juzgarán si la impresión es correcta o no, pero las palabras de Ricardo sintetizan una larga reflexión filosófica sobre el significado de la humanidad, del sentido profundo de la vida, y del devenir de la política -esa ciencia primaria en términos aristotélicos-. Muy particularmente, las razones más plausibles de la decadencia ideológica, y una propuesta utópica -no en sentido peyorativo- de solución. Se vuelve aquí al viejo tema del poder de la belleza, que es hoy más vital que nunca. Queda aquí, pues, un breve y profundo alegato sobre la razón; ese secreto ignoto que a veces se alcanza gracias a la palabra poética.

 

 

David Marklimo.

Ciudad de México, junio de 2014.