Retórica y consensos PDF Imprimir E-Mail

Artículo del Dr. Fernando Ayala Blanco sobre el papel de la Retórica en los consensos con los Grupos de Poder

El origen de la retórica lo podemos rastrear en la frontera entre el mito y la historia. En la Teogonía hesiódica, por ejemplo, aparece el paradigma del rey-juez. Él es el artífice de la conciencia y el consentimiento entre los integrantes de una comunidad. Comunidad que comparte sentimientos, ideas, tradiciones y definiciones. En efecto, la persuasión y la elocuencia son los ingredientes necesarios para generar consenso y adhesión entre los seres humanos. Las Musas insuflan de inspiración tanto a dioses como a hombres, nos dice Hesíodo (siglo VIII a.C.). El ‘rey de justicia’ persuade a través de la argumentación y del don de la palabra: arrebato e iluminación que “sobre la lengua le vierten [al rey de justicia] un dulce rocío y de su boca las palabras fluyen de miel; y los hombres, todos, miran hacia él mientras hace justicia con rectas sentencias; y él, hablando de modo certero, pronto, incluso un gran pleito, con pericia termina. Pues por eso son los reyes prudentes, porque a los hombres agraviados, en el ágora reparación ellos dan fácilmente, exhortando con suaves palabras”.[1] Cierto, de aquí se desprende el arquetipo del rey de justicia encarnado en el personaje de Piteo, considerado por muchos el inventor de la retórica.[2] Indudablemente este personaje es quien enseñó a la humanidad ‘el arte de la palabra’ y ‘el arte de la elocuencia’. Marcel Detienne escribe que “cuando Hesiodo celebra la soberanía humana, estrechamente articulada a la potencia soberana de Zeus, dibuja el retrato del rey ideal que otorga justicia en rectas sentencias; este rey ha recibido de las musas un don de palabra.[…] Si sabe decir la Alétheia [Verdad], tal y como conviene a un rey de justicia, sabe también encantar, seducir, como el poeta, y, como él, , . Maestro de ‘verdad’, también conoce el arte de engañar”.[3] De ahí, pues, que Piteo haya entendido a la retórica como ‘arte de persuasión’ y ‘arte de decir palabras engañosas’, análogas a la realidad.[4]

Este es el origen protohistórico de la retórica. Pero, ¿qué papel ha jugado ésta en la construcción de consensos en el marco de una negociación política? Los seres humanos siempre hemos empleado argumentos retóricos en nuestras relaciones con el otro, con la otredad. Sin duda, la retórica –considerada como ‘arte de persuasión’, ‘arte de elocuencia’ o ‘arte del convencimiento’— ha estado presente en todas las actividades del hombre a lo largo de su historia. En las acciones humanas desarrolladas en el ámbito político, estético o social encontramos distintos grados de retórica. Es más, su negación sigue siendo un argumento retórico. Muchas veces, empero, ha sido considerada como una técnica negativa o una simple forma de hablar y opinar para convencer al otro, tergiversando alguna situación o algún conocimiento con engaños, trampas, estratagemas y argucias. Para decirlo con las palabras de Hans Blumenberg: “El hombre en cuanto ser rico dispone del patrimonio de verdad que posee gracias a los medios operativos del ornatus retórico. El hombre en cuanto ser pobre precisa de la retórica como de un arte de apariencias que hace que se las arregle en su posición de carencia de verdad”.[5]

El arte retórico no significa únicamente la persuasión a través de la elocuencia de las palabras, sino que implica también el desarrollo y aprendizaje de una técnica para persuadir. Definitivamente ésta se ha convertido en un instrumento esencial para el hombre, ya que le permite interactuar y relacionarse con sus semejantes en un proceso social, político y comunicativo. Veamos su raíz etimológica: la palabra retórica dice que es el “arte del bien decir en el lenguaje escrito y en el hablado: latín rhetorica, del griego rhetorike ‘retórica’, femenino de rhetorikos ‘retórico, relativo a la oratoria’”.[6] En consecuencia, la persuasión y la oratoria en el ámbito político buscarán conseguir adhesión, convencimiento y consenso. En un proceso de esta naturaleza encontramos una vinculación de intereses, acciones e influencias de todos los actores y factores que intervienen. A saber, el orador (portador de un discurso), el público (la ciudadanía) y el contexto (ya sea político, estético, ético, electoral, entre otros). De ahí, entonces, la importancia del arte de la persuasión en la construcción de consensos y en el manejo de disensos en el marco de una negociación política o de una deliberación que afecten la esfera pública.

Es importante destacar la relación de la retórica con la estética. Cicerón (106-43 a.C.) conjugó la tradición griega de la retórica –la que recogió de los diálogos platónicos y la sistematización aristotélica— con la res pública romana, colocando a la primera como el arte de las artes o como la reina del saber.[7] La elocuencia se encuentra en las artes de los hombres y por ello descubrimos en ella una condición estética.[8] La preocupación ciceroniana en torno a la retórica se dirige principalmente a que el hombre debe tener buena disposición para la elocuencia, pero sin dejar de lado el estudio que ayuda a adquirir y mejorar esa disposición natural. Así encontramos que hay un arte de la retórica, y que aprenderlo debería ser del interés de todo gobernante.

No cabe duda que la forma de interpretar la retórica depende del contexto histórico, político, social, estético e ideológico al que se refiera. Considerando esto último, Roland Barthes (1915-1980) ha escrito que ésta es una técnica y es un arte en el sentido clásico del término, es decir, se parte de una teoría de la argumentación a través de un conjunto de reglas, mediante las cuales es posible persuadir y convencer (incluso si el objeto de la persuasión es falso). También afirma que el arte retórico se refiere a una enseñanza, ya que primero se trasmite por vía personal, esto es, de maestro a discípulo y, posteriormente, se institucionalizará en la enseñanza media y superior. Asimismo la retórica es una ciencia, ya que significa un campo de observación autónomo, que delimita los fenómenos y los efectos propios del lenguaje, clasificándolos, y elaborando un conjunto de tratados sobre retórica, cuya materia es un lenguaje argumentativo y un lenguaje ‘figurado’. Igualmente la retórica puede vincularse con la ética y la moral, pues siendo un sistema de ‘reglas’ necesariamente está afectada de la ambigüedad de la palabra, o dicho de otra manera, es un conjunto de prescripciones morales encaminadas a vigilar los ‘desvíos’ del lenguaje pasional. Por último, la retórica puede significar una práctica política y social, considerándola como una técnica privilegiada; efectivamente, mediante el empleo de ésta se puede conseguir que una ‘clase política’, una ‘clase dirigente’ o una ‘minoría selecta’ aseguren el control de la palabra, por ejemplo, en el ámbito de la opinión pública, en el ejercicio del poder político o simplemente en una negociación.[9] Por lo tanto, la retórica se puede considerar como ciencia, técnica o arte.

A lo largo de la historia la retórica ha recorrido caminos muchas veces contrapuestos. Estos derroteros han dejado su huella en la forma de interpretarla. Sin duda, ésta ha tenido que ver o con las consecuencias que provienen de la posesión de la verdad o con la confusión que resulta de la imposibilidad de alcanzarla. Ciertamente Platón (428-347 a.C.) cuestionó con aspereza la retórica de los sofistas, argumentando que ésta se sustentaba en la tesis de la imposibilidad de la verdad, y que de ahí derivaban el derecho de hacer pasar por verdadero todo lo que se puede obtener o ganar. Y, por otro lado, la dirigió en la línea del arte y de la política, como psicagogía, es decir, como conducción y formación de las almas a través de la palabra. Ahora bien, la retórica que más ha influido en nuestra tradición, la aristotélica, ha considerado la posibilidad de poseer la verdad y ha permitido la capacidad estética de este arte que embellece y enriquece la comunicación de esa verdad, haciéndola comprensible y expresiva para los hombres. O, dicho de otra forma, la capacidad de proceder con ella de una manera que esté a la altura de las circunstancias. Por eso Aristóteles (384-322 a.C.) afirma que la retórica es la ciencia que tiene “la facultad de discernir en cada circunstancia lo admisiblemente creíble. Pues esto no es misión de ninguna otra arte, pues cada una de las demás es enseñanza y persuasión de lo que es su objeto propio. […] La retórica, por así decirlo, parece ser capaz de considerar los medios de persuasión acerca de cualquier cosa dada, por lo cual también decimos que ella no tiene su artificio en ningún género específico determinado”.[10]

Es importante destacar el papel de la ‘centralidad’ (como punto de referencia) en un proceso de persuasión política. El ‘centro’ se ha impuesto como modelo institucional de participación social y política, generadora de consenso. Veamos: “Un espacio circular y centrado, en el que idealmente, cada uno está, mediante la relación con los demás, en una relación recíproca y reversible”.[11] Esta representación espacial ha arrojado dos nociones complementarias: la noción de publicidad y la de comunidad. El ágora (o centro de reunión) ha sido el punto común a todos los hombres colocados en círculo. Y todos los bienes colocados en este punto central son cosas comunes. En consecuencia, las palabras que se pronuncian allí se refieren a los intereses comunes. El ágora ha sido, pues, el lugar público por excelencia, y por su situación geográfica ha sido también sinónimo de publicidad. La legitimación de unas elecciones o la propuesta de una iniciativa de ley, por ejemplo, requieren publicidad y negociación, deliberación y acuerdo, ya que este tipo de procesos están bajo la mirada de todos los ciudadanos. Este procedimiento ha tenido una verdadera eficacia jurídica. En cualquier plano, el centro ha sido siempre lo que está sometido a la mirada de todos y también ha sido el espacio que pertenece a todos en común. Por eso las nociones de publicidad, comunidad, legalidad y legitimidad han estado estrechamente vinculadas a lo largo del quehacer político.

En una democracia, antes de emprender una empresa o implementar alguna acción que afecte a toda la comunidad, ha sido importante deliberar, acordar, construir consensos y negociar. Para conseguir un acuerdo consensuado y legítimo ha sido imprescindible la persuasión y el convencimiento. No es casual que el diálogo y la palabra se hayan fundado históricamente en el acuerdo de un grupo social, ocasionando que la retórica se convierta en el mecanismo para aprobar o desaprobar una acción política. De esta forma es como se ha perfilado el estatuto de la palabra filosófica, jurídica y política. De aquella palabra que se somete a la publicidad y que obtiene su fuerza del asentimiento de un grupo social.

En este contexto aparece la retórica como arte de persuasión. El ciudadano o el político que sabe decir bien su parecer, que sabe argumentar, consigue hacerse escuchar. Así es, es una persona que conoce las palabras adecuadas para ganar el asentimiento, para conquistar las pasiones humanas y para conseguir la adhesión. La retórica, empero, se puede convertir en un instrumento de dominación sobre el otro, donde a veces dominamos y otras veces somos dominados. Y para matizar esta ineluctable realidad, es necesario crear asambleas deliberativas y canales de participación ciudadana, que permitan formar consensos que beneficien tanto al Estado como a la sociedad en su conjunto. Se requiere, pues, de un sistema institucional y de una arquitectura espiritual que fomente la cultura de la deliberación y la argumentación. Así podríamos acercarnos un poco más al ideal de la Isonomía.[12] Isonomía entendida como la representación de “un espacio centrado y simétrico, distinción entre intereses personales e intereses colectivos. […] Semejanza, centralidad, ausencia de dominación unívoca: tres términos que resume el concepto de Isonomía, tres términos que dibujan la imagen de un mundo humano donde ‘aquellos que participan de la vida pública lo hacen a título de iguales’. En la medida en que el ideal de Isonomía va revelándose, desde el momento de su aparición, solidario de las representaciones de semejanza y de centralidad, está virtualmente presente en las instituciones y los comportamientos característicos” de los distintos grupos.[13] Esto se traduce en un espacio circular y simétrico que expresa el ejercicio de la política en un ámbito social, a saber, el ágora (símbolo de centralidad de toda Polis).

En las deliberaciones, en la promoción de consensos y en los procesos de negociación política es donde se ha forjado el sentido de oposición entre los intereses colectivos y los intereses personales, de suma importancia en el vocabulario de la política: el asunto que se debate, como tema concerniente a los intereses del grupo, se deposita simbólicamente en el centro. Expresar su parecer en una asamblea se entiende como ‘llevar su parecer al centro’ o ‘decir en el centro’.[14] A la expresión ‘hablar en el centro’ corresponde la expresión simétrica ‘retirarse del centro’,[15] pues una vez fuera del centro el orador vuelve a ser un ciudadano privado. Todas estas expresiones han definido un espacio simbólico en el ejercicio de la política, ya que invitan a todas las personas a ofrecer sus opiniones y pareceres a la comunidad. La persuasión política, sin duda, separa claramente lo público de lo privado.

La retórica es esencial en las relaciones socio-políticas. En el marco de un régimen democrático el gobernante tiene la obligación de convertirse en un servidor público. Y, por lo tanto, debe valerse de la retórica –entendida como arte de persuasión— para generar consensos y lograr acuerdos que redunden en beneficio de la comunidad. Al menos así debería ser. El político profesional pronuncia discursos, ya sean hablados o escritos, ante una asamblea o ante la ciudadanía y, en consecuencia, puede transformarse en el ‘útil político por excelencia’.[16] O dicho con otras palabras, se transforma en el instrumento privilegiado de las relaciones sociales.

Mediante el uso de la retórica, el político es capaz de influir en el seno de las asambleas o en el curso de una negociación, ya sea para gobernar en representación de la ciudadanía o para ejercer su dominio sobre el otro.[17] No cabe duda que la retórica ha sido muchas veces imprecisa y ambigua. Hay momentos en que representa “el mundo de la ambigüedad misma, y se define como instrumento que, por una parte, formula en un plano racional la teoría, la lógica de la ambigüedad y, por otra, permite actuar con eficacia sobre ese mismo plano de ambigüedad”.[18] El político porta una habilidad negociadora y una inteligencia práctica. Es más, se puede decir que el gobernante es un político con características negociadoras, muy próximo a lo que los griegos llamaron ‘el prudente’: individuos “que se enfrentan directamente con los asuntos humanos, es decir, con este terreno ‘donde nada es estable’. […] El campo del político […] es, pues, un plano de pensamiento que se sitúa en las antípodas del reivindicado por el filósofo como bien propio desde Parménides: es el plano de la contingencia, la esfera del kairos, ese kairos que no pertenece al orden de la episteme, sino al de la doxa. Es el mundo de la ambigüedad”.[19] En esta perspectiva la retórica y la política van de la mano, no pueden separarse, ya que surgieron en un mismo contexto social: refiérase a las deliberaciones de la primera ‘democracia’ griega, en relación con el funcionamiento de la justicia razonada o en la esfera de la dominación y del poder.

Veamos que nos dice Platón: “La retórica, al parecer, es la autora de la persuasión, que hace creer, y no de la que hace saber, respecto de lo justo y de lo injusto”.[20] En consecuencia, exige las cualidades intelectuales que definen al hombre prudente, puesto que se desarrolla en el mismo medio, a saber, la esfera de los asuntos humanos donde nada es estable, sino movedizo, doble y ambiguo: “Productos de una misma cultura política, la Sofística y la Retórica desarrollan también técnicas mentales solidarias. En un mundo en el que las relaciones sociales están dominadas por la palabra, el sofista y el retórico son ambos técnicos del logos. Los dos contribuyen a la elaboración de la reflexión sobre el logos en tanto que instrumento, medio de obrar sobre los hombres”.[21] Para un sofista, por ejemplo, el campo de la palabra estará delimitado por la tensión de dos discursos sobre cada cosa, por la contradicción de dos tesis sobre cada tema. En dicho campo, dominado por el ‘principio de contradicción’, “el sofista aparece como el teórico que hace lógico lo ambiguo y que de esa lógica hace el instrumento propio para fascinar al adversario, capaz de hacer triunfar al más pequeño sobre el más grande”.[22] Podemos decir que el fin de la sofística, la retórica y la política han sido la persuasión y muchas veces el engaño en el ejercicio del poder. Con esta última penetramos en la esfera de la doxa (opinión). Hay momentos en la política que en lugar de mostrar lo verdadero, se muestra las ficciones, las apariencias o los simulacros considerados como “la realidad”.

Ahora bien, lo más característico de los seres humanos ha sido la esfera lingüística, pues denota su carácter racional. Esto se traduce en la sociabilidad humana, la cual tiene que ver con la esfera política. Ciertamente desde el momento en que Aristóteles se refirió al hombre como un zoon politikon (el hombre por su misma naturaleza es un animal político), la política se levantó sobre un espacio superior: la vida en sociedad. El peripatético vinculó atinadamente la política y la retórica, ya que ésta es un acto lingüístico por excelencia, mediante el cual los ciudadanos de una comunidad interactúan entre sí. Se sirven de ella para realizar un comportamiento político dentro de un ámbito social. Y por eso la retórica tendría que tener como fin la búsqueda del bien de la Polis, esto es, buscar el bien común o lo que es útil, deleitable y honesto para la sociedad en su conjunto. La pertenencia a una comunidad y el sentimiento de justicia de esa misma comunidad consiguieron que surgiera la idea de ciudadanía. El Estado y la sociedad civil han tenido sentido en tanto existen para el buen vivir del ciudadano: “Las mismas cosas son las mejores, tanto privada como públicamente, y el legislador debe imbuirlas en el alma de los ciudadanos”.[23]

El hombre es un ‘animal político y retórico’[24] porque vive en una Polis, y se comunica con sus semejantes, nos dice Nietzsche (1844-1900). La efectividad de la retórica se ha presentado como uno de los elementos más sólidos de la civilización griega[25] y, por consiguiente, del mundo occidental moderno. Consecuentemente es posible entender a la retórica como un verdadero poder, capaz de fortalecer, contradecir o neutralizar el poder político. Y esto ha sido así gracias a la retórica sustentada en la palabra.[26] El poder directo que se ha otorgado a la retórica, como elemento determinante que participa en la vida pública, se ha originado de las posibilidades creadoras del lenguaje. Nietzsche reconoció la razón profunda del papel atribuido por los griegos a la retórica en lo que consideró como un ‘hecho de civilización’, o sea, “la creencia según la cual todo depende de la representación que se dé al poder de la palabra para persuadir (pithanon)”.[27] Además, tomando como punto de partida el pensamiento de Aristóteles sobre la retórica, Nietzsche afirma tajantemente que “el poder de descubrir y hacer valer para cada cosa lo que actúa e impresiona, esa fuerza que Aristóteles llama ‘retórica’, es al mismo tiempo la esencia del lenguaje”.[28] El reconocimiento de la eficacia de la palabra sobre la vida de la comunidad política, implica que la acción más excelsa sólo tiene valor si se anuncia alto y fuerte, para el conocimiento y la admiración de todos.

El poder de la palabra llega a ser tan fuerte e importante en una comunidad, que significa el testimonio y la manifestación de la excelencia de una democracia, y también representa el atributo esencial del hombre culto y del verdadero político. No es casual que el sofista Gorgias de Leontinas (485-380 a.C.) sostuviera que todo hombre posee capacidad retórica gracias a su ‘sociabilidad’ y ‘politicidad’, y definiera a la retórica como el arte de persuadir a los asambleístas.[29] El lenguaje ha servido como instrumento social a la humanidad. En virtud de la funcionalidad y poder de éste, las personas han sido capaces de realizar grandes cambios sociales y políticos.

Cierto, uno de los intereses de la política ha sido la persuasión, el convencimiento y la adhesión. En un discurso o en una negociación política siempre habrá un otro, un oyente, que será un conciudadano, y participará de un código lingüístico común, de una común estructura comunicativa y cultural. O dicho con otras palabras, en un contexto social se compartirán un conjunto de conceptos políticos y sociales, y se compartirán también una cosmovisión y un estado de derecho. En este orden de ideas, Nietzsche escribió que la retórica “es un arte esencialmente republicano […] la suprema actividad espiritual del hombre político bien formado”.[30] Y entendió que los griegos habían hecho de la retórica un instrumento muy útil para el ejercicio político de la ciudadanía.

Mediante el arte de la persuasión es posible que uno pueda gobernar, construir consensos y negociar para llegar a acuerdos o, en su defecto, emplear la retórica para dominar sobre muchos. Por eso, como escribió Aristóteles, este arte ha sido un saber político, que no debería perder la perspectiva ética: “Puesto que el orador debe ejercitarse tanto en la composición lógica, como también debe familiarizarse con las pasiones y con los estados de ánimo de los hombres, de este modo la retórica es una rama de la dialéctica y de otro modo de la ciencia moral (politike)”.[31] No se trata simplemente de persuadir porque sí o para cualquier cosa. La retórica bien entendida debe partir de una teoría argumentativa que se conecte con la ética, por un lado, y con la acción política, por el otro. De acuerdo a la primera, mueve a los hombres a actuar buscando el bien; de acuerdo a la segunda, intenta convencer a los integrantes de una comunidad (a veces a la mayoría y otras a la minoría) a decidirse por aquello que resulte en beneficio de la nación, por ejemplo, buscar un pacto a través de una negociación, construir un consenso para emprender una guerra o consolidar la paz, realizar un proceso electoral, castigar o perdonar, premiar o alabar, entre otros.

El papel de la retórica ha sido fundamental para establecer ‘lo que es común’ y ‘lo que es público’. Definitivamente ha jugado un papel sustancial en la construcción de consensos y en la creación de acuerdos entre distintos actores políticos. Y un consenso se logra cuando se consolida un acuerdo por consentimiento entre el mayor número de integrantes de una unidad social. El consenso puede tratarse sobre principios, normas, valores y objetivos que afecten, ya sea positiva o negativamente, a la ciudadanía. Es importante señalar que es imposible lograr un consenso total y absoluto en torno de algún tema o decisión. Por eso es tan relevante la retórica en el ejercicio de las políticas públicas: con ella puedes persuadir y convencer para legitimar una acción o una decisión importante que, muchas veces, es el fruto de difíciles y complejas negociaciones. De ahí, pues, que sea más correcto hablar de grados de consenso en una sociedad.

Tomemos como ejemplo hipotético algún sistema político que pretenda ser una democracia participativa, con un sistema de partidos pluralista e incluyente, y con un modelo electoral transparente y eficaz. Seguramente habrá un consenso de la ciudadanía en relación a las reglas fundamentales que conduzcan el funcionamiento de dicho sistema, de acuerdo a un estado de derecho sustentado en una Constitución Política y, por supuesto, en otros cuerpos de normas y de leyes. Dicho con otras palabras, se habrá pasado de una sociedad natural a una sociedad civil y política, derivada de la Polis griega o de la Civitas romana, y organizada y regulada a través de una estructura de Estado. Debemos apuntar que la sociedad civil, hoy en día, se refiere a las relaciones entre personas, entre grupos, entre partidos y entre clases sociales, que interactúan con las instituciones del Estado en el ejercicio del poder. Ciertamente los conflictos económicos, políticos, ideológicos, culturales, sociales, militares y religiosos tienen que ser resueltos por el Estado y el gobierno a través de la mediación, la persuasión, la negociación, la disuasión, y, en su caso, la represión. De ahí, pues, que haya distintos grados de consenso o de disenso. Una desafortunada decisión política por parte de un gobernante puede provocar disensiones y desacuerdos, que desemboquen en movilizaciones de fuerzas sociales que rebasen al Estado y que pongan en jaque al sistema político. En un caso así será indispensable recurrir a la retórica como forma para persuadir y generar consenso, negociando y acordando con los actores involucrados, de tal suerte que se evite la ingobernabilidad o una crisis social.

Recordemos algunas consideraciones de Max Weber (1864-1920) en torno a la política y al Estado. El sociólogo alemán describe la aparición de la burocracia como elemento sustancial del Estado moderno. De allí la interrogante: ¿qué entendemos por política? Y según él, la política es la influencia sobre la dirección de una organización social denominada hoy en día Estado. Dicho con sus palabras: “Estado es aquella comunidad humana que, dentro de un determinado territorio (el es el elemento distintivo), reclama (con éxito) para sí el monopolio de la violencia física legítima. […] El Estado es la única fuente del a la violencia. Política significará, pues, para nosotros, la aspiración a participar en el poder o a influir en la distribución del poder entre los distintos Estados o, dentro de un mismo Estado, entre los distintos grupos de hombres que lo componen”.[32] De tal manera que los políticos o funcionarios que hacen política, insoslayablemente aspiran al poder. Efectivamente, ejercicio del poder como instrumento para la realización de otros fines, ya sean idealistas o enteramente egoístas; o búsqueda del poder –por el poder—, para solazarse de la sensación de prestigio y poderío que su ejercicio dispensa. Aquí entramos en la esfera de la dominación: “El Estado, […] es una relación de dominación de hombres sobre hombres, que se sostiene por medio de la violencia legítima. […] Para subsistir necesita, por tanto, que los dominados acaten la autoridad que pretenden tener quienes en ese momento dominan”.[33]

El pensador italiano Gaetano Mosca (1858-1941), por su parte, sostiene que en toda sociedad es factible encontrar el fenómeno de dominación, donde una minoría organizada, a la que él llama ‘clase política’, domina siempre sobre una mayoría desorganizada. Se trataría entonces de un dominio basado no tanto en la fuerza, sino en el acuerdo tácito que surge entre gobernantes y gobernados, ya que ambas partes reconocen el fundamento del poder ejercido y obedecido en un universo común de valores y sentimientos que él llama ‘fórmula política’.

Cierto, Mosca afirma que existen dos clases de personas en toda sociedad, la de los gobernantes y la de los gobernados: “La primera, que es siempre la menos numerosa, desempeña todas las funciones políticas, monopoliza el poder y disfruta de las ventajas que van unidas a él. En tanto, la segunda, más numerosa, es dirigida y regulada por la primera de una manera más o menos legal, o bien de un modo más o menos arbitrario y violento, y a ella le suministra, cuando menos aparentemente, los medios materiales de subsistencia y los indispensables para la vitalidad del organismo político”.[34] En los Estados modernos y en los regímenes democráticos se puede detectar la presencia de una clase dirigente o una clase política, que representa a una minoría de personas influyentes en la dirección de las políticas públicas. Esto se sustenta en el mando y dominio de una minoría relativamente homogénea, solidaria y organizada sobre la masa. Por eso la ‘defensa jurídica’ sirve como contrapeso de la ambición desbordada de la clase política. Se refiere, ciertamente, a una visión del poder en términos éticos y políticos que considera al Estado y al Derecho como los instrumentos imprescindibles para regular las relaciones entre la minoría activa que gobierna y la masa de gobernados. Para Mosca, el Estado y las estructuras de mando son inherentes a todo sistema político y, por lo tanto, es inevitable la existencia de una clase política oligárquica.

Definitivamente hay una interrelación constante entre sociedad civil y Estado, a veces complementaria y otras veces antagónica. Los partidos políticos, por ejemplo, cumplen la función de articular, agregar y trasmitir las demandas e intereses provenientes de la sociedad civil, que posiblemente se convertirán en objeto de decisión política por parte de un gobierno. Sin embargo, un partido político no se limita solamente a promover consenso en un sistema, sino que también puede promover disensos en tanto estructura de canalización de las diversas opiniones, y de las divisiones y confrontaciones existentes en una sociedad. De tal suerte que un partido o grupo pueden polarizarse para favorecer sus objetivos e intereses políticos, colocando en un dilema al sistema. En este contexto, el Estado puede ser rebasado por la sociedad civil y quedar deslegitimado. Aquí entramos en un problema: pueden suscitarse situaciones o procesos que sean legales más no legítimos y viceversa. Ahora bien, mediante el uso de la retórica –entendida como una técnica de argumentación para persuadir en la esfera política— es posible generar adhesión, solidaridad y acuerdos y, en consecuencia, promover nuevas fuentes de legitimación y nuevos espacios de consenso que beneficien a la ciudadanía en su conjunto.

En una democracia participativa la negociación política atraviesa las relaciones entre la comunidad y las instituciones del Estado, en los tres niveles de gobierno: el federal, el estatal y el municipal. Con todo, hay momentos en que la ciudadanía se articula en sociedad civil rebasando incluso la institucionalidad del Estado. En ese momento se hace necesaria la construcción de un consenso, en torno a un interés común. Y esto será posible gracias a una negociación entre dos o más actores sociales organizados; actores que muchas veces parten de intereses parcialmente contrapuestos y antagónicos, pero que están interesados en llegar a un acuerdo o pacto social. De ahí justamente la importancia de la retórica para persuadir, convencer y adherir a los ciudadanos a favor de un consenso que legitime las políticas públicas, impida crisis de ingobernabilidad y evite conflictos sociales. La promoción de un consenso mediante una negociación política, intenta, muchas veces, contener o reducir el recurso a la violencia en un conflicto social, político o diplomático. Indudablemente el recurso a la retórica para construir un consenso, significa cooperación y adhesión para fortalecer y legitimar un sistema político en situaciones de crisis.

Para ilustrar estas ideas, podemos recurrir a un hecho histórico referido en la historia del arte. Ciertamente la pintura nos arroja luz a través de la célebre obra Los Embajadores (1533) de Hans Holbein el Joven (1497-1543). Este cuadro denota la crisis europea que vivió Europa durante el siglo XVI. En primer lugar, el protestantismo desafió al poder y a la autoridad de la iglesia católica. Y, en segundo lugar, los descubrimientos científicos pusieron en jaque añejas certezas intelectuales. Para evitar un conflicto bélico se recurrió a persuasión política. El rey francés Francisco I (1494-1547) envió a dos embajadores a la corte del rey inglés Enrique VIII (1491-1547) y, como testimonio histórico, se elaboró en Londres una pintura de la difícil misión diplomática. Los embajadores franceses pretendían proteger los intereses políticos de su país y persuadir a la corona inglesa de no separase de la iglesia de Roma. La misión y la negociación diplomática fracasaron. La escisión religiosa se agravó, ocasionando la fragmentación del poder político y sobreviniendo el desasosiego en Europa durante ciento de años.

Hans Holbein el Joven, Los Embajadores; 1533; 207 x 210 cm.; óleo sobre tabla de roble; Galería Nacional; Londres.

Veamos: Los conflictos religiosos provocaron el surgimiento del anglicanismo en Inglaterra. Se desarrolló, pues, una actitud anticlerical de la opinión pública inglesa. Y como consecuencia de la bancarrota financiera y moral de la Corona, se produjeron manifestaciones antipapistas del alto clero inglés. Asimismo afloró una aversión hacia el catolicismo por parte de la burguesía culta, que, educada en Oxford y Cambridge, era la clase dirigente en la isla. En consecuencia, el Parlamento se propuso secularizar los bienes eclesiásticos de la iglesia católica, para beneficio suyo y de la Corona. En este contexto, Enrique VIII escribió un panfleto “Tratado de los siete sacramentos” (1531) con el cual rechazaba tajantemente las ideas de Lutero. Como resultado recibió del Papa el título de “defensor de la fe” (Defensor Fidei).

Ahora bien, las vicisitudes de las alianzas políticas en el siglo XVI se pueden explicar a partir de los compromisos matrimoniales y sus anulaciones. El rey de Inglaterra Enrique VIII contrajo matrimonio en Londres con Catalina de Aragón, tía del poderoso emperador español Carlos V (1500-1558). Fruto de este matrimonio nace María, comprometida a su vez con Carlos V. Sin un heredero varón al trono, Enrique VIII decide romper su compromiso con Catalina para casarse con Isabel, infanta de Portugal. Este compromiso le permitiría aumentar su poder y riqueza, además de intentar procrear un varón. El rey inglés, preocupado por el poder creciente de Carlos V, es aconsejado por el cardenal Wolsey para buscar un acercamiento con Francia, mediante una alianza matrimonial. Sin embargo, para casarse nuevamente era necesario que el Papa disolviera el matrimonio con Catalina de Aragón. Cabe destacar que desde 1527 el Vaticano se encontraba bajo la influencia de Carlos V y, por eso, la Curia vaticana niega el divorcio. La situación se complica aún más, pues el Consejo de la Corona quiere como reina, en lugar de una princesa francesa, a una noble inglesa. Y en 1533 el rey Enrique VIII se casa clandestinamente con Ana Bolena, de quien esperaba que estuviera embarazada del hijo y heredero que tanto anhelaba. El Papa Clemente VII (14378-1534) excomulga a Enrique VIII, ocasionando la promulgación del Acta de Supremacía: con base en ésta, el Parlamento reconocía a la iglesia estatal anglicana, desconocía a la autoridad del Vaticano y nombraba al rey inglés con la suprema autoridad eclesiástica. Estos sucesos permitieron confiscar los bienes de la iglesia católica: se suprimieron los monasterios y se vendieron las propiedades católicas a la nobleza y a la burguesía.

En estas circunstancias, París envía a Londres un embajador, que se retrata allí con su amigo. El de la izquierda, Jean de Dinteville, de 29 años, era el embajador francés en la corte inglesa. El de la derecha, Georges de Selve, de 25 años, era el obispo electo de Lavau, en Francia. Estos dos hombres representan a las altas esferas del poder político y religioso respectivamente. Se identifican por la vestimenta: si portaban trajes cortos eran embajadores laicos y si sus ropajes eran largos pertenecían al clero. En el siglo XVI ser elegido por el rey para una misión diplomática era un honor, pero un honor muy costoso: “El rey concedía a los nobles y al clero prebendas y feudos a cambio de sus servicios, lo que también incluía sus ingresos. La estancia en un país extranjero tenían que pagarla ellos mismos. Normalmente se les trataba con cortesía pero a cierta distancia, ya que los diplomáticos se tenían siempre por espías”.[35]

El crítico de arte Omar Calabrese opina que Los embajadores es un cuadro que destila secretos y enigmas: “Un desafío frente al mismo lector, en conjunto y, al mismo tiempo, una especie de doble función de la obra, con una lectura para la mayoría y una lectura para la minoría que posee la clave adecuada”.[36] Realmente esta pintura es un ejercicio de persuasión política, que implica una reflexión existencial, y que ostenta distintos niveles de interpretación. Calabrese asegura que se puede aplicar un análisis hermenéutico a Los embajadores a partir del secreto, la persuasión política, la identificación de los personajes, la cultura, la mistad, la pintura, el juego lingüístico, la autobiografía y la filosofía. Veamos tres de estos estadios de interpretación (el secreto, la persuasión política y la cultura) para entender el poder de la retórica en el ejercicio de la política:

  1. El secreto: Todos los elementos, tanto personajes como objetos, han sido plasmados en el cuadro con un gran realismo a excepción de la calavera en el suelo. De entrada no se puede identificar. Sólo se reconoce el cráneo contemplando la obra desde la derecha o la izquierda de la pintura. Es una anamorfosis o imagen deformada, una suerte de perspectiva extrema, que estaba de moda en esa época. Esta técnica se encuentra descrita por primera vez en los Cuadernos y apuntes de Leonardo da Vinci. Ahora bien, en esta pintura Holbein hace referencia a la ‘vanidad humana’. El vanidoso olvida lo inexorable de la muerte y cree que puede dominar el mundo con ayuda de la ciencia. Sin duda alguna, el cuadro es más que un retrato: “A primera vista parece terrenal de este mundo: dos hombres jóvenes, con la dignidad de sus cargos y rodeados por instrumentos para la investigación matemática y científica del mundo. La propia composición del cuadro parece seguir un orden matemático con marcadas líneas horizontales y verticales. Tan sólo la anamorfosis de la calavera, flotando inclinada en el espacio, contradice el orden ortogonal y da a la obra una nota filosófica, oculta un mensaje”.[37] Esta pintura se desvela “no como un único enigma manifestado por aquella forma incomprensible, sino como una serie compleja y supuesta de enigmas, de los que la calavera anamórfica es quizá el estadio final, así como es también su estadio inicial”.[38] ¿Visión anticipada de una Europa sumergida en la guerra, el caos y la muerte como consecuencia del capricho humano? Cabe preguntarse si la obra pretendía persuadir al espectador de una situación así o simplemente mostrarnos la perenne elocuencia de la existencia: la vida deviene en muerte y la muerte deviene en vida.
  2. La persuasión política: Los embajadores denota el contexto político tan complicado que vivía Europa. Realmente se necesitaba de la elocuencia y el convencimiento para generar un consenso que impidiera un conflicto diplomático entre las grandes potencias del momento. Calabrese señala que “1533 es un año fatídico, anuncio de modernidad, fin del mundo del saber medieval, fin del mundo político de los grandes imperios, inicio de las revoluciones nacionales modernas. El cisma anglicano, con su espectacular momento en el divorcio y en el segundo matrimonio de Enrique VIII, amenaza caer sobre Europa como evento dramático. Francia es católica y por tanto aparentemente vinculada a la Iglesia de Roma. Pero Francia está asediada por Carlos V y Francisco I sediento de revancha después de la derrota de Pavía. Justamente en este 1533 Jean de Dinteville, hombre diplomático de máximo rango, es enviado a Londres. El retrato lo atestigua: el pavimento de estancia en la cual posan los dos dignatarios es una copia del pavimento de la Abadía de Westminster, símbolo mismo de la Inglaterra política y religiosa. Sobre este mismo pavimento está Georges de Selve, nuncio vaticano, cumbre diplomática de la Iglesia. […] El secreto del cuadro se hace secreto de estado: los embajadores no son simplemente los amigos de aquella profesión, sino son los embajadores en el acto de su misión secreta. […] Los embajadores en Londres intentarán una difícil mediación política: evitar la ruptura con Inglaterra con el fin de debilitar al emperador cada vez más agresivo, sin con esto renunciar a las cuestiones de principio. Misión delicada, casi imposible. Trama sutil, presta a romperse con el mínimo golpe de viento”.[39] El cuadro indica que la negociación política se ve truncada. Observemos: hay un laúd en la parte baja de la mesa, que tiene diez cuerdas, y una está partida. Es decir, la armonía diplomática que portaba De Dinteville se ha roto. Asimismo, De Selve tiene un extraño color de piel. Comparado con su amigo, su rostro es inexpresivo. Da la impresión que no fue acabado. Cierto, posiblemente es obligado a retirarse antes de que el retrato se termine, como consecuencia del resultado negativo de la misión. Holbein acaba el cuadro más no al personaje; éste queda imperfecto como la misión misma. Veamos otros dos signos de alegoría política: a) Misión de estado francesa, que se descubre a partir del globo celeste. El globo no contiene únicamente los conocimientos astronómicos de la época, aparece un gallo de monte presto a atacar a una especie de buitre o águila. El gallo es el símbolo francés, el águila es el símbolo de los enemigos políticos, que son abatidos. El águila es una clara referencia al Sacro Imperio Romano Germánico. B) Misión de estado vaticana, que se desvela a través del libro que contiene citas de Lutero. Los dos cánticos que vemos no son solamente “luteranos”, ya que el primero refleja el espíritu de la Reforma como hecho político, y el segundo denota una doctrina que predica la vuelta al estricto cumplimiento del decálogo: “De Selve es notoriamente simpatizante hacia estas tesis, aunque condene a Lutero por el cisma. Por tanto, es el único católico que puede presentarse con algún criterio de cara a quien da un nuevo golpe a la unidad de la Iglesia, para ayudarla a evitar con esto a que se agrave la fractura con los protestantes”.[40]
  3. La cultura: Resaltan las referencias al hombre del renacimiento y al pensamiento humanístico. El corpus de los objetos colocados alrededor de los embajadores se refiere al avance científico, a la era de los descubrimientos, al avance de la técnica, a la obra revolucionaria de Copérnico y a la modernidad de la educación: encontramos un globo celeste, un clinómetro, un goniómetro, un reloj solar, libros, un mapamundi, un laúd, unas flautas. En pocas palabras, hay instrumentos científicos y culturales que hacen una clara alusión a la modernidad: están presentes la geometría, la aritmética, la música, la astronomía y la filosofía.

En suma, el arte de la retórica participa en la construcción del acuerdo social o convención de lo que llamamos realidad. Los esbozos de expresiones que conforman la elocución retórica, más allá del mero goce estético, son mecanismos de conocimiento (episteme) en varias direcciones, a saber, el propio de conocer, el dar a conocer algo y el de elaborar un consenso social. El poder del lenguaje, el poder de la comunicación y el poder de la expresión han permitido desvelar la importancia histórica del papel atribuido a la retórica, en lo que se ha considerado por muchos como un acontecimiento de civilización.



[1] Hesíodo, Teogonía, México, UNAM, 1978, p. 3.

[2] Detienne, Marcel, Los maestros de verdad en la Grecia arcaica (1967), México, Editorial Sexto Piso, 2004, pp. 127-128.

[3] Ídem.

[4] Ibíd. p. 127.

[5] Blumenberg, Hans, Las realidades en que vivimos (1981), “Una aproximación antropológica a la actualidad de la retórica”, Barcelona, Ediciones Paidós, 1999, p. 116.

[6] Gómez de Silva, Guido, Breve diccionario etimológico de la lengua española, México, FCE-COLMEX, 1999, p. 605.

[7] Barilli, R., Rhetoric, Minneapolis, University of Minnesota Press, 1989, p. 26.

[8] Cicerón, La invención retórica, España, Gredos, 1997, p. 86.

[9] Barthes, R., La antigua retórica, Argentina, Editorial Tiempo Contemporáneo, 1974, pp. 9-10.

[10] Aristóteles, Retórica, México, Editorial Porrúa, 1999, p. 86.

[11] Op. Cit., Detienne, p. 148.

[12] Isonomía (de isos «igual» y nomos, «ley»): Inicialmente designaba la igualdad de derechos políticos y jurídicos entre los ciudadanos. En este sentido político este término ya era utilizado por Solón en el siglo VI a.C. Alcmeón de Crotona lo utilizaba, en sentido médico, para exponer el ideal de la salud, ya que la enfermedad estaría originada por la monarquía o predominio de un humor que rompe el equilibrio saludable de la isonomía. Hacia el siglo V a.C., la isonomía se entendía como sinónimo de democracia, pero Platón, en las Leyes (757a-758a), opone la igualdad aritmética a la igualdad geométrica, que presupone un ideal previo de proporción. De esta manera, en lugar de hablar de una igualdad formal, Platón propone que cada ciudadano ocupe el lugar que le está destinado en la polis, según sus capacidades y su naturaleza, a la vez que busca el equilibrio entre democracia y monarquía. Epicuro usa este término desde una perspectiva cosmológica para referirse al equilibrio perfecto de las relaciones del conjunto de los elementos del todo. (Ver: Vattimo, Gianni (coord.), Enciclopedia de la filosofía Garzanti, Ediciones B grupo Z, Barcelona, 1992)

[13] Op. cit. Detienne pp. 153-155.

[14] Herodoto, Historias, España, Gredos, 1994, libros III y IV.

[15] Ídem.

[16] J.-P. Vernant, Los orígenes del pensamiento griego, Paris, Gallimard, 1962, p. 40.

[17] Op. Cit., Detienne, p. 161.

[18] Ibíd. p. 181.

[19] Ibíd. p. 182.

[20] Platón, Diálogos. “Gorgias o de la Retórica”, México, Editorial Porrúa, 1975, p. 149.

[21] Op. Cit., Detienne, p. 183.

[22] Ídem.

[23] Aristóteles, Política, Madrid, Alianza Editorial, 1995, p. 277.

[24] F. Nietzsche, Escritos sobre retórica, Madrid, Editorial Trotta, 2000, p. 83.

[25] Ibíd. p. 91.

[26] Ibíd. p. 95.

[27] Ibid. pp. 218-220.

[28] Ibid. p. 91.

[29] A. López Eire, Esencia y objeto de la retórica, México, UNAM, 1996, p. 10.

[30] Op. Cit., Nietzsche, Escritos sobre…, p. 81.

[31] Op. Cit., Aristóteles, Retórica, p. 227.

[32] Weber, Max, El político y el científico (1919), “La política como vocación”, Madrid, Alianza Editorial, 2001, pp. 83-84.

[33] Ibíd. p. 84.

[34] Mosca, Gaetano, La clase política (1896), México, FCE, 1998, p. 106.

[35] Rose-Marie & Rainer Hagen, Los secretos de las obras de arte. Un estudio detallado, tomo I, Alemania, Editorial Taschen, 1997, p. 44.

[36] Calabrese, Omar, Cómo se lee una obra de arte, Madrid, Ediciones Cátedra, 1999, p. 36.

[37] Op. Cit. Rose-Marie & Rainer Hagen, p. 49.

[38] Op. Cit. Calabrese, p. 39.

[39] Ibíd. p. 49.

[40] Ibíd. p. 50.

 

 
< Anterior   Siguiente >


El Mundo en Síntesis

 

 

Galma en la Red

 


Siga las Actividades del Centro en la Red

Copyright 2017 Centro de Investigación y Análisis Político GALMA.