Itinerario de viaje PDF Imprimir E-Mail

La palabra itinerario proviene de la voz latina itin ris que significa camino. De acuerdo al Diccionario de la Real Academia Española, itinerario es “la dirección y descripción de un camino con expresión de los lugares, accidentes, paradas, etc., que existen a lo largo de él”. Por lo tanto, no hablamos de un sendero firme, recto y acumulativo de experiencias, sino de la manifestación de una guía que toma en cuenta la complejidad del andar.

Quien traza una bitácora de viaje construye un paisaje imaginario de líneas múltiples, que a veces convergen, otras se entrecruzan y muchas más se contraponen. La escritura y, más propiamente el pensamiento, exige de quien la practica una capacidad para ofrecer el producto de una mirada, una sensibilidad, donde la pluma imaginaria atraviesa el espacio transversalmente, husmea, explora en perspectiva, se sumerge y es capaz de moverse con gracia y seguridad por un espacio sinuoso, impredecible y asombroso.

Desde hace unos años, Lourdes Quintanilla Obregón ejerce, en forma por demás exquisita y refinada, la recomendación que Peter Sloterdijk hace a todo escritor: pensar peligrosamente y no contraer compromisos con la inocuidad. Este Itinerario de viaje que ahora nos ofrece, después de libros anteriores suyos tan memorables sobre Benjamin Constant, Ernst Jünger y Sándor Márai, es un ejemplo formidable de ese mandato.

Basta echar un vistazo a la diversidad de autores examinados por la autora. No hay uno solo de quien no pueda decirse que ha contribuido a delinear el pensamiento de Occidente. Ya sea por la vía de un escritor, un libro, una crónica o un relato histórico, las siguientes páginas constituyen toda una provocación para el lector conformista, ajeno a las odiseas del pensamiento.

Publicados a lo largo de los últimos años, los veintidós textos aquí reunidos configuran una cartografía para internarse en las preocupaciones, las pasiones y los asombros de Lourdes Quintanilla. Y no obstante la colección variopinta de estos textos, es posible identificar cuatro regiones donde la escritora finca sus derroteros: la historia, la política, la literatura y la mitología.

Cuatro esferas, si seguimos la sugerente propuesta de Peter Sloterdijk, que lejos de presentarse aisladamente se entrecruzan, dialogan, debaten, dan forma. Cuatro esferas constitutivas de la atracción de Quintanilla por la literatura absoluta. Para cualquier lector exigente, asiduo y conocedor, la selección de la autora se antoja como irreprochable. Las obras aquí estudiadas se distinguen por la perfecta sincronía entre forma y contenido.

Los artículos se integran en cinco apartados. El primero, “Una habitación con múltiples vistas”, reúne los textos tal vez más personales y reflexivos de Quintanilla, mismos que funcionan espléndidamente como síntesis de su cosmovisión: la necesidad de la política, la inminencia de la literatura, el advenimiento de los mitos, las lecciones de la historia. Los textos de esta primera parte son la señal inequívoca a la que atiende un barco antes de zarpar. A continuación y bajo el título genérico de “Los caminos de la historia”, Quintanilla aborda dos momentos culminantes en la historia de Occidente y sobre cada uno de ellos da una visión original, anticanónica y sugerente: el Renacimiento y la Revolución francesa, pues si algo distingue a la autora de Sándor Márai: La soledad del escritor es su talento para revelar sutilezas ignoradas y matices insospechados en temas sobre los que se ha escrito hasta la saciedad.

En “Una relectura de los viejos saberes” asistimos al momento cimero de un viaje, cuando asentado en la quietud del paisaje, el trotamundos hace una pausa y recurre a una intuición milenaria. Los autores analizados por la escritora son indispensables para entender muchos procesos más allá de la biografía tan conocida de cada uno de ellos. Existen ausencias cuyo influjo es aún tan poderoso que encarna en presencias reales, indispensables. Es el caso de Maquiavelo, Montaigne, Pascal, Emerson, Tocqueville, Leopardi y Nietzsche, quienes de una u otra forma son la esfera matricial de las anteriores obras publicadas por Quintanilla e incluso de sus convicciones, de sus creencias, en el sentido más poderoso de esta palabra.

El cuarto apartado, “El oriente de occidente”, cristaliza una de las preocupaciones más acendradas de Quintanilla a últimas fechas: el complejo mundo musulmán. Su mirada sobre este universo abarca lo mismo las versiones más ortodoxas y premodernas, que las heterodoxas, como fue el caso de la ex Yugoeslavia. Sin embargo, en este último caso y no obstante la vieja secularización, las ambiciones políticas, alimentadas por los odios étnicos y un chabacano nacionalismo, provocaron una de las guerras más cruentas del fin de siglo. La secularización no fue una garantía, en este caso, de salvación. Al final, aprendemos que la severa dicotomía entre Oriente y Occidente es bastante artificial y nos impide ver que una parte de la otra, que ambas se han alimentado recíprocamente a lo largo de milenios. Y la autora se acompaña en estos ensayos de autoridades en la materia: Bernard Lewis, Olivier Roy, Robert Fisk y Michael Ignatieff.

El libro cierra con la mirada sobre tres pensadores clave para entender el espíritu finisecular y las perspectivas abiertas hacia un futuro desconcertante e impronosticable: Isaiah Berlin, Hans Blumenberg y Peter Sloterdijk constituyen una tríada que a la manera de la propia Quintanilla, proceden por vía de la multiplicidad de enfoques, del diálogo con distintas tradiciones, de la confluencia entre estética y ética. Estos tres autores son una suerte de catalejo de alto poder que nos permite no sólo divisar terrenos lejanos, sino también ofrecen herramientas para pensar en el vértigo y renunciar a las grandes certezas provistas por los sistemas canónicos del pensamiento, que pronto demostraron su inutilidad para entender nuestros tiempos.

Itinerario de viaje es, en suma, un libro atento, asombroso e inteligente, pero también un texto hermoso, lleno de frases elocuentes y fulgurantes, cercano a la oralidad. Lourdes Quintanilla jamás pontifica, sí espera, por lo contrario, un lector de mente abierta, anticonformista y arriesgado. Como en la mayoría de los viajes arquetípicos, el itinerario trazado por la profesora universitaria es temerario pues se atreve a explorar regiones donde el tránsito se da de lo visible a lo invisible, del gesto a la palabra, de lo animado a lo inanimado, de la vigilia al sueño. Paradójicamente, esta bitácora no busca certezas y se sostiene por la fortaleza de pensamientos que apuntan hacia comarcas latentes de la conciencia, a lo innominado e impronunciable.

Y, sin embargo, en un horizonte desprovisto de verdades últimas, estas páginas son el testimonio de una certidumbre cuya huella atraviesa el rostro de la gran literatura: la poética. Porque en su acento más elevado, el libro de Lourdes Quintanilla es una poética del pensar, un claro en el afanoso bosque de los trabajos y los días.

 
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