Envidia y Política PDF Imprimir E-Mail

La envidia es un sentimiento que ha estado presente en innumerables episodios históricos. Pensemos en estas páginas y en el ejemplo que nos brindan los Templarios —incluido el gran maestre Jacques de Molay— que en el año 1307, fueron arrestados y puestos a disposición de la Inquisición. Como consecuencia de ello, en 1312 el Papa Clemente V emitió una bula que suprimió la Orden y sus miembros fueron mandados sin piedad a la hoguera. Al preguntarse el pecado que cometieron aquellos caballeros cruzados encontramos que, a raíz de la conquista de Jerusalén en la Segunda Cruzada, habían generado un fuerte sistema bancario al que acudían los principales monarcas de la época y el mismo obispo de Roma.

No es de extrañar, entonces, que al dictar la sentencia inculpatoria, el Papa pidiese que las propiedades de los Templarios fuesen puestas a disposición de los Estados Pontificios y que en Alemania, Francia e Inglaterra pasasen a manos de la corona. A grandes rasgos, este episodio fue producto de la envidia y de la codicia del Papa y de los reyes Europeos frente a la riqueza de la Orden, que se había convertido en un poder fáctico a lo largo y ancho de Europa. De igual forma, y ya en una época sólo un poco más distante a la de los Templarios, la decisión del rey Alfonso de expulsar al Cid Campeador de Castilla está más relacionada con la envidia de la Corona que con el devenir político de la reconquista de España.

Pocos libros han intentado documentar la influencia histórica de la envidia. La pregunta de la presente investigación es dónde y cuándo aparece la envidia en la Historia. Pregunta a todas luces pertinente, no tanto por lo que es la envidia como tal, si no por aquello que podemos aprender de cada episodio histórico y de cómo las más bajas pasiones han ilustrado momentos gloriosos o ruines. En términos estrictamente psicológicos, la envidia es un sentimiento que regula la agresión hacia otro individuo con el cual competimos por un recurso. Evidentemente, la envidia impulsa hacia la agresión y el odio; pero en una lectura más benigna fomenta la búsqueda de coalición con otros individuos para cambiar las condiciones hacia una situación más satisfactoria. Cuando la envidia es sentida colectivamente, el sentimiento se asume como natural, adquiriendo un marcado sentido social; aunque en el fondo, tenga connotaciones socialmente negativas para la comunidad que la ha asumido. ¿Cómo pasa la envidia de ser algo personal a adquirir tintes sociales? La respuesta nos la da uno de los primeros teóricos sobre la envidia: el español José María Díaz – Aguado, que sostenía que la envidia es un sentimiento muy complejo y ambivalente, en el que se mezclan emociones de naturaleza contradictoria, como por ejemplo el deseo de tener lo que otro tiene, la admiración por lo que otro ha conseguido, el dolor por no tenerlo, la indignación por considerar injusta la diferencia que se observa, o la incertidumbre por no entender a qué se deben las diferencias que produce la envidia*.

Siguiendo con esta tesis, la envidia establece alianzas estratégicas para la subversión, la calumnia, la difamación, la marginación, la desinformación, el desprestigio, la Agresión, en definitiva, para el acoso moral al envidiado. En consecuencia, la envidia colectiva es la causa de las crisis de las élites y frena los impulsos de perfeccionamiento intelectual y moral de contra ellos. Cuando ha adquirido cierta connotación política, la envidia cobra importancia sobre todo en los temas derivados de la teoría del Estado y de las formas de gobierno, pues es un medio para incitar a la discordia, creando la división y, en su vertiente colectiva, es el más eficaz de los sentimientos utilizados para enfrentar a las masas con las élites y, por tanto, para generar violencia.

En este punto es importante recordar la tercera parte de nuestro título: el éxito o el mérito. En las sociedades ocurre con frecuencia que no se acepta abierta y sinceramente el éxito. El combustible contra él es la envidia, estableciéndose así una ecuación en nuestra sociedad: a mayor éxito, mayor envidia y viceversa. Es decir, hay que restar por cualquier medio los logros, siendo acertadísimo el aforismo de Francis Bacon: la envidia es un homenaje, aunque torpe, que la inferioridad rinde al mérito. Lo anterior coincide con la obsesión social por los récords. Vivimos en una sociedad que idolatra el éxito, que lo busca constantemente, casi podríamos decir que lo persigue con un afán típico de asesino en serie. Por ello, ésta búsqueda del mérito, suele derivar en un pantano de envidias y rencores. El éxito hoy, no es sinónimo de competencia, de superarse a sí mismo a través de los otros, si no más bien de carnicería, de superarse a sí mismo gracias a los otros. Vivimos ya en un mundo complejo, donde las pasiones están a flor de piel y lo que importa es aquello que sostenía el irlandés William Yeats: Algunos podrían decir que consigues lo que te han dado, pero la verdad es que si no consigues lo mío no te dejaré conseguir lo tuyo también.

 

* José María Díaz – Aguado, Los siete pecados capitales de la nación española. Ed. Alianza, 1957.

 
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