El muro de la vergüenza PDF Imprimir E-Mail

Veamos los hechos: 1,200 millones de dólares han sido aprobados por el Congreso de Estados Unidos para la edificación de 1,200 kilómetros de un polémico muro que tiene como fin limitar la frontera con México. Es decir, a millón de dólares por kilometro de frontera. Una inversión que pretende contrarrestar una movilidad demográfica irreversible y, sin duda, necesaria para el desarrollo de la economía de Estados Unidos y de México.

De acuerdo con datos del Buró de Censos de Estados Unidos, durante la década de los años setenta cada año ingresaron aproximadamente 450 mil inmigrantes de todo tipo (legales e ilegales), en los noventa la absorción anual de extranjeros aumentó en promedio a 1.1 millones, y entre el 2000 y el 2003 este parámetro se ubicó en nada menos que 1.7 millones, cada año. De los 33.5 millones de inmigrantes que viven en Estados Unidos, al menos uno de cada tres arribó ilegalmente. Esto indicaría la trascendental dinámica económica requiere de esta movilidad demográfica en América del Norte.
Con todo ello en mente, cabría preguntarse para qué el muro. En primera instancia responde a la política de seguridad del actual gobierno de Estados Unidos, que busca resguardar aún más sus fronteras ante las posibles amenazas a su seguridad. No es que se piense que los mexicanos seamos terroristas ni nada parecido. Al parecer, el vincular la seguridad de los Estados Unidos con la migración tiene que ver con aquello que sostenía Huntington en Choque de Civilizaciones y, más recientemente, en ¿Quiénes Somos?: la migración mexicana ha demostrado poner en jaque a la política de integración racial norteamericana, aquella que predica que más allá de los componentes raciales de la sociedad es necesario la identificación con los valores WASP, o como le gustan tanto decir a los estadounidenses, con el credo de los colonos fundadores. También es cierto que todos los controles a lo largo de las fronteras terrestres y marítimas, junto a la política del gasto en seguridad, ayuda a mantener el ritmo de gasto e inversión pública y sostener el crecimiento que muestra alarmantes señales de disminución desde que Clinton abandonó el despacho oval. Pero los responsables económicos de la Casa Blanca olvidan que gastar no es sinónimo de crecer, al menos no de manera sostenida y menos aún cuando el gasto del gobierno de Estados Unidos lleva ya un déficit que para el 2006 alcanzará la cifra de los 600 mil millones de dólares, producto del empantanamiento en Irak y Afganistán. Todo un récord en las espaldas del contribuyente norteamericano. Con ello, de poco le vale a la economía norteamericana acorazar su frontera sur.
Ello demostraría que el muro fronterizo es ofensivo desde todos los puntos de vista, pero no cambia casi ni un ápice nuestra realidad económica ni nuestra condición geopolítica. México lleva casi doscientos años tratando de definir la naturaleza de su relación con el poderoso vecino norteño. La mayoría de las veces, ha evadido esa definición al pretender que se puede mantener una distancia política y aprovechar la cercanía geográfica. La razón de esta ambigüedad es obvia: se trata de una relación difícil, de un vecino demandante que genera atracción y repudio entre los mexicanos, así como un impacto extraordinario en el devenir histórico de nuestro país. Desde tiempos de la Revolución Mexicana, la relación entre México y Estados Unidos ha tenido momentos de euforia, de tensión y de crisis. Como decía el gran Octavio Paz, además de la turbulenta historia del siglo XIX, las diferencias culturales y de enfoque son en muchos sentidos radicales. El TLCAN es el mejor ejemplo de esa dualidad: nos acercamos para aprovechar las ventajas del poderío económico norteamericano, pero erigimos toda clase de barreras para evitar una dependencia excesiva. Esta postura entraña serios costos crecientes para el desarrollo económico y casi ningún beneficio. Mucho del terreno que México ha perdido en materia de competitividad, se debe precisamente a esa indisposición de México para adoptar medidas que allanen, de manera efectiva, los obstáculos a la integración económica. Desde la perspectiva internacional, el problema del muro es que limite la movilidad laboral e influya directamente en el crecimiento interno del mercado norteamericano. Hay material de sobra que demuestra que la migración complementa las capacidades existentes en determinadas economías receptoras y que contribuye al desarrollo de la producción, del mismo modo que amplía sistemáticamente la demanda interna y la captación de recursos fiscales. Ni que decir de los efectos que la migración tiene para México, sobre todo en materia de remesas. Parece absurdo, por ello, edificar un muro. Si en lugar de percibir la frontera como un límite comenzamos a valorarla como una ventaja excepcional, la economía aceleraría su paso hacia la competitividad y hacia la reducción del déficit que tienen los contribuyentes norteamericanos. Una integración económica efectiva obligaría a elevar la productividad dentro ambos país y eso se traduciría en nuevas empresas, empleos productivos y mejores ingresos. Contrario a lo que con frecuencia se piensa, el factor migratorio tiene que ver no tanto con la falta de oportunidades en México, sino con el alto nivel de vida que una persona puede adquirir en los EEUU; basándose en su trabajo y en su desempeño. Si en vez del muro, los gobiernos de México y Estados Unidos se sentarán y entablaran negociaciones que diesen por resultado una mayor cooperación económica y tecnológica – de manera similar a la que se dio en España, Portugal y Grecia cuando se unieron a los Comunidades Europeas - el nivel y la esperanza de vida de un Estado a otro se reduciría. Innumerables estudios nos hablan de que el factor de pertenencia de un ciudadano hacia su país, está relacionado con los niveles de vida que éste le brinda. El problema hoy es que parece poco probable una relación de este tipo entre nuestro país y los EEUU. Tanto la globalización económica como los temas de seguridad han cambiado la ecuación y la ambigüedad, que por tanto tiempo permitió una convivencia benigna, será paulatinamente menos fácil y más onerosa de sostener. Quizá el nuevo gobierno tendrá que pensar en una clara definición de nuestro sitio en el mundo como preludio a una mayor libertad geopolítica.

 
< Anterior


El Mundo en Síntesis

 

 

Galma en la Red

 


Siga las Actividades del Centro en la Red

Copyright 2017 Centro de Investigación y Análisis Político GALMA.