El arte de la política PDF Imprimir E-Mail

Vivimos tiempos curiosos, tiempos de algo que hoy en día se respira inexorablemente en los ámbitos académicos, y que tengo bien en llamar estupidez ilustrada, una postura muy moderna, totalmente alejada de supersticiones arcaicas y que encaja totalmente con ciertos discursos que no logran salir de sus estrechos límites, límites de una Razón mal entendida. En pocas palabras, el mundo académico mexicano, inscrito en el área de las ciencias sociales, abreva, con una inusitada desesperación y con una complacencia digna de verse, en las procelosas aguas de esta colorida estupidez ilustrada. Y para ser un poco más preciso, en este caso me refiero a los sedientos de saber político, es decir, a los llamados politólogos.

Ésta es una fauna muy peculiar, sobre todo porque cree que puede hacer ciencia, y así se aferra a fantasmas que ni un niño relativamente inteligente utilizaría para convencer a nadie. Me refiero a sus más preciados juguetes: estadísticas, hechos, análisis cuantitativos, de caso, o como suelen designarse ahora: datos duros. Por lo tanto nada de teorías y mucho menos hacer uso de esas cosas pasadas de moda como lo son la filosofía, la mitología, los estudios de teoría de las religiones y ni hablar de introducir el arte como forma de conocimiento, ya que puede ser un objeto de estudio, pero jamás un elemento que logre explicar el poder y la ciencia del poder. Los politólogos, generalmente —no siempre, los hay muy buenos—, dan por sentado la mayoría de sus presupuestos para intentar explicar el fenómeno más importante que les compete: el poder.

Para no ir más lejos, basta nombrar el fetiche de moda: la democracia. Hoy casi todos los miembros de esta cofradía politológica, sin recato alguno, repiten sin cesar su terna letanía: la democracia esto, es necesario democratizar aquello, si queremos salir adelante, la democracia debe… y ni siquiera saben lo que ésta significa realmente. Si un despistado les pregunta, ¿qué entiendes por democracia? En caso de ser medianamente cultos, responden: el poder del pueblo, y eso definitivamente es un craso error, en todo caso tendrían que hablar de laocracia, pero averiguar qué significa eso es algo muy complicado para sus estrechas mentes. Generalmente responden que es la única forma en que todas las cosas pueden ser buenas… y así se siguen con su eterno rosario de tonterías. Si leyeran con un poco de cuidado la historia de lo que la democracia ha significado, desde la Grecia clásica hasta antes de la Revolución Francesa, se darían cuenta de que la democracia no es tan buena como su ignorancia se las presenta. Pero éste es uno de los tantos ejemplos que ilustran un fenómeno más vasto: la concepción del poder.

En este contexto, es importante celebrar la aparición de un libro como El arte de la política de Fernando Ayala Blanco. Si usualmente el poder político es abordado desde disciplinas supuestamente científicas, muchas veces considerándolo como algo maligno, algo que hay que aprender a domeñar, en este libro, en cambio, el poder es visto con otros ojos. Alejado de un discurso cientificista de quinta, como los que proliferan en el ámbito académico de hoy en día, Ayala decide remitirse a una de sus concepciones más clásicas y más precisas: el arte. Ya sea como técnica (techné) de gobierno o como un fenómeno estético, como juego de los simulacros, donde la belleza se encuentra en la efectividad de su poder. El arte político, como se contempla en los escritos de Maquiavelo, es el fundamento del gobierno, o del Estado. Por suerte las encuestas de opinión —esos trasuntos que utilizan como muletillas nuestros actuales politólogos— no habían aparecido todavía en ese entonces. Por eso Ayala, más que dialogar con la estupidez actual, poniendo el poder bajo la lente de las encuestas, se limita a hacer una inmersión en la fuente creativa, en las fuerzas que modelan la convivencia de los individuos. Pero insisto, lo hace a partir de una visión estética. La política como una creación artística, y esto es algo que nos permite vislumbrar el sentido de este libro: jugar con la imagen del poder, así como el poder juega con la imagen del mundo. Y para ello recurre a la filosofía, la mitología, la hermenéutica y la estética. La ciencia también pasa por su recorrido, pero asignándole su justo lugar, como una de las múltiples visiones que conforman la fisonomía de este enigmático ente. Por eso este libro tiene una fuerza de la que carecen los estudios sobre el poderío
que predominan hoy en día —por lo menos en México. De entrada, porque su autor juega con los argumentos antes que tratar de demostrar apodícticamente nada. Eso se lo deja a la estupidez ilustrada. Lo que sí hace es desplegar con gran rigor su discurso. El discurso de los simulacros que se confunde con el discurso lúdico, con el discurso y la acción del hombre de poder, del hombre de Estado, del artista. Estamos hablando, a diferencia de la patética pretensión de la verdad científica —que, por cierto, por lo menos a partir de Heisenberg y su principio de incertidumbre ya ni la ciencia misma se cree—, del rigor del juego, del azar y de lo imprevisible, es decir, del talento y la fortuna que el hombre poderoso debe ponderar en el ejercicio del poder. Y cuando se habla de rigor, se habla de seriedad en lo que se hace. Pero a la manera en que Nietzsche la concibió: madurar es recuperar la seriedad con la que se jugaba de niño. Ésta es la seriedad que se encuentra en este libro.

 
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